La araña teje su tela a costa de un largo trabajo y de numerosas idas y
vueltas. Entreteje sus innumerables hilos, sin economizar su sustancia, pues saca
el material de sus propias entrañas. Pero basta un escobazo para destruir esa
obra de arte. El mismo insecto corre el riesgo de terminar brutalmente sus días
bajo los pies de quien hace la limpieza.
¿No ocurre lo mismo con los
humanos? Nos agotamos buscando riquezas o una situación mejor, más bienestar o
reconocimiento de parte de sus semejantes, diversas clases de distracciones…
Gastamos nuestra energía, inteligencia y salud tratando de lograr las metas
terrenales que nos proponemos. ¡Y cuando creemos haber acabado la obra, nos damos
cuenta de que se parece a una telaraña.
Aprendamos a medir lo que hacemos, no en
la escala del tiempo que pasa, sino en la que
nos espera. Sin descuidar el trabajo, es necesario dar prioridad a la salvación
del alma por la fe en el Altisimo.