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POLÍTICA Y PODER.
Las barbas del vecino
Emilio García Méndez
El escándalo desatado en Brasil por los casos de corrupción que involucran a
altos funcionarios del gobierno del PT no parece detenerse todavía. Muchas
sorpresas puede aún depararnos este proceso político, incluso antes que se
transforme plenamente en judicial.
Por lo pronto, dos conclusiones preliminares pueden extraerse del mismo. La
primera es que ningún país de la región puede sentirse ajeno o exento frente a la
posibilidad de un destino semejante. La segunda, es que cualquier análisis que
ayude a desentrañar, las causas profundas de este fenómeno, contribuirá con
seguridad al urgente y necesario fortalecimiento de nuestra democracia.
Una causa profunda es también, por definición, una causa oculta que no se
deja aprehender fácilmente. Pero los objetos debajo del agua aparecen deformados
solo para quienes carecen de los más elementales conocimientos de óptica. La
"óptica" en este caso, exige trascender el inmediatismo y el sentido común. Para
una visión cínica o superficial, la debilidad de la base parlamentaria del
gobierno Lula constituyó la causa inmediata del problema. Si así fuera, los
sobornos y "sobresueldos" a parlamentarios jamás hubieran existido durante un
gobierno como el de Menem, quien durante sus dos periodos de gobierno gozó de una
base impresionante de sustentación en el poder legislativo que le proporcionaba
la amplia mayoría de su partido, el peronismo. Decenas de procesos por corrupción
durante ese periodo corren hoy en la justicia argentina.
El diputado Roberto Jefferson, un viejo zorro de la política brasilera con
más de veinte años ininterrumpidos de mandatos populares, quien desato el
escándalo con sus denuncias, ofrece en una entrevista reciente, una pista
extraordinaria para entender la situación. Preguntado por las causas de la
corrupción en el caso de un partido como el PT, su respuesta fue tan simple
cuanto contundente. "El PT abandonó un proyecto político y adhirió solo a un
proyecto de poder", no dudó en responder.
No desconozco que miles pueden ser los motivos, desde los más nobles a los
más abyectos, que justifiquen un proyecto de poder. Pero si la teoría del
"derrame económico", crecer primero para repartir después, mostró mil veces sus
falacias, todavía es necesario esforzarse para mostrar la falacia suicida de la
teoría del "derrame político": acumular poder a cualquier precio para usarlo a
favor del pueblo después.
En la mejor de las hipótesis, los "atajos" del PT, provocarán más temprano
que tarde la segura desintegración del mayor partido progresista de América
Latina. Aunque alquimias electorales y pactos de cúpula permitan mantener sus
pedazos unidos todavía por un tiempo, ya nada será como antes.
No es el poder de decisión de algunos dirigentes lo que necesita nuestra
democracia para suprimir sus conflictos. Es el poder de las instituciones lo que
es necesario reforzar para que los conflictos (en torno a proyectos de sociedad y
no de mero poder) afloren y se resuelvan en forma pacífica y civilizada. Nada
nuevo hay en la corrupción, ella es solo violencia vieja en odres nuevos. El autor es abogado y profesor en la Universidad de Buenos
Aires
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