Einstein dijo una vez una frase que me parece la radiografía de nuestra
sociedad: «¡Triste época la nuestra! Es más fácil desintegrar un átomo que un
prejuicio».
Parece que uno de esos prejuicios es el temor de declararse
abiertamente como católico. Recuerdo, por ejemplo, una vez que salí a comer con
unos amigos. Cuando íbamos a rezar antes de la comida, uno de los presentes dijo:
«¿Qué van a pensar los demás? ¡Hagámoslo en privado!». Un buen amigo le contestó:
«Mira, si a esos novios de la mesa de enfrente no les da vergüenza besarse,
acaramelados, en público, ¿por qué me va a mí darla el rezar?».
La vivencia
abierta de la fe parece estar en peligro de extinción. Es por eso que me han
entusiasmado dos noticias que acabo de leer: las declaraciones de una actriz
española, Lina Morgan, en donde relata sin rodeos la vivencia de su fe; y un
reportaje, que resumía una entrevista televisiva a tres personajes famosos de
Estados Unidos -dos escritores y un entrenador de béisbol- que han contado la
influencia de su fe católica en sus vidas.
Estas lecturas desprenden un
testimonio vivo y espontáneo. Y nos invitan a vivir con «una fe profunda», como
dice Mary Higgins Clark -una de las escritoras americanas-«que te coge de la mano
cuando estás caída y te lleva a enfrentar todas las vicisitudes que te plantea un
destino incierto». Y concluye: «No sé cómo la gente puede sobrevivir sin fe».
Y
este creer no son sólo palabras, sino que se traduce en obras. Jack McKeon, quien
entrena en la actualidad al equipo de béisbol “los Marlines de Florida”, nos
presume cómo va todos los días a misa antes de ir a entrenar y su devoción a
Santa Teresita de Lisieux. Asegura que, por la intercesión de esta santa, llegó a
dirigir a un
equipo campeón de Grandes Ligas.
A mí, tengo que confesarlo, me da una cierta
envidia. Me entran ganas de aferrar las solapas del mundo y sacudir el
acomplejamiento que llevamos a cuestas.
Lina Morgan tiene toda la razón al
afirmar que «no hay por qué avergonzarse de ser cristiano, aunque no esté de
moda». Y ¿cómo hacerlo? Pues tratando a Dios como ella hace: «Siempre he llevado
a Dios en mi corazón y en mis pensamientos con total naturalidad».
Esta
espontaneidad será la que nos lleve a obrar lo que aconsejaba Von Hügel: «Cuando
el cristianismo es odiado por el mundo, la hazaña que al cristiano le corresponde
realizar no es mostrar elocuencia de palabra, sino grandeza de alma». Una
grandeza que, si la fomentamos, brotará con la misma soltura con que sale la
respiración de nuestros pulmones.
Así desintegraremos ese átomo acomplejado que
parece atenazarnos el alma.